Zidane se supo ir de jugador y ha sabido irse de entrenador. Deja el Madrid no porque se haya cansado de entrenar, sino porque no cree que vaya a ganar el año que viene.

«¿Qué les puedo pedir más a los futbolistas con lo que han hecho por mí?». Necesitan «otro discurso, otra metodología».

Zidane con esto hace algo novedoso en la historia del Madrid: se va en lo alto, no se aferra.

Compárese su proceder con el rencor que aún alimenta Del Bosque porque le enseñaran la puerta; compárese su adiós como futbolista con las largas agonías de Raúl o de Casillas.

Zidane da una lección de madridismo, aunque quizás no sea madridismo, o no solo madridismo, sino mera elegancia personal.

Hay pocas personas con aura, y Zidane la tiene, y se va del Madrid dejando un aire de misterio. Se lleva consigo una impronta ¿cosmopolita ¿universal? ¿superdotada? Se siente que el Madrid sin él se provincializa un poco, y que sin su flor pierde un paraguas sobrenatural.

Esto nos dice cosas sobre el Madrid: el Madrid es un club abierto a cometas así.

¿Cómo forma Zidane sus decisiones? ¿Qué momento de la temporada le hizo comprender que debía irse? Quizás fuera la forma en la que el equipo se desenchufó al inicio de la Liga, casi seguro la derrota contra el Leganés en Copa. «Mi peor momento». Esa derrota la anotamos como una negligencia suya, pero también eran los futbolistas fallándole a él. En ese pacto de confianza por encantamiento que había sellado instantáneamente con ellos algo empezaba a romperse. La Champions lo arregló, pero la grieta existía.

Zidane hace una cosa muy importante. En pleno torbellino de aplausos y felicidad introduce el realismo. No todo fue bueno. El Madrid penó muchos meses, se descolgó de la Liga y jugó un fútbol casi absurdo a veces. No estábamos locos, eso ocurrió y Zidane lo vuelve a colocar sobre la mesa. Y cuando con la Decimotercera se había corrido un telón de festejos, olvido y conmemoraciones, Zidane lo descorre y recuerda que hubo problemas. Es lo contrario del método habitual, consistente en agarrarse a la Champions y llenarla de champán como justificación de todo (por ese camino, y de forma retorcida, las Champions a veces forman parte de un discurso pernicioso para el club).

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No es casualidad que haya considerado la Liga como su mejor momento. «Haberla ganado fue lo máximo». Ese equipo fue su mejor obra, el que mejor jugó y el que consiguió algo que nadie había logrado en el Madrid: un exitoso sistema de rotaciones.

Ese Madrid de la BBC en Champions e Isco, James y Asensio en Liga se mezcla con la inclusión de Isco en el once titular y estalla en Cardiff en la segunda mitad de la final, uno de los mejores momentos de la historia del club. Un fútbol incontestable y una superioridad solo comparable a la de la vieja final contra el Eintracht. Pero era la Juventus y era el siglo XXI.

Habría que quedarse con esos meses de juego sobresaliente y de dominio del balón porque hacen justicia a un entrenador.

Zidane lo consiguió, consiguió un bloque desdoblado en dos competiciones que dominaba el juego a partir de un centro del campo excepcional. Entre las remontadas, las gestas en la zona Cesarini, las rocambolescas proezas individuales y los prodigios de su flor hubo uno de los mejores equipos de fútbol de la historia del Madrid. Duró unos meses, como le duran al Madrid esos equipos. Los mejores aficionados hablan de ellos años después porque en cierto modo esos instantes quedan sepultados entre títulos.

Zidane consiguió con sencillez cosas que parecían imposibles. Sería ocioso repetirlas. Haberle dado al club estabilidad no es la menor de todas.

El Madrid ha vivido contagiado de su serenidad. Había una indiscutible estructura económica, pero se sentía que no había «proyecto», sentido, suficiente orientación deportiva. Se daban mareantes bandazos hasta que Zidane cogió el timón.

Y de entre las muchas cosas inolvidables que ha hecho por el club está su marcha. Le ofrece al Madrid algo nuevo: la posibilidad de rehacerse, de definirse en lo más alto. En lugar de chapotear en la gloria deportiva, pensar, cambiar. Lo normal hubiera sido dormirse en ella, disfrutarla viciosamente, estirar los contratos y las inercias, empezar uno de esos años impares en los que las cosas se deterioran solas. Pero Zidane ha sabido irse, marcando el camino a los demás.

«Soy un ganador y para ganar hay que cambiar», y con su pasmosa naturalidad le recuerda al Madrid un mandamiento.

Es norma que cuando un entrenador se marcha los periodistas aplaudan. A Zidane habría que llevarlo al centro del Bernabéu y darle una ovación de 85.000 personas. Las viejas Copas de Europa del Madrid iban acompañadas del «señorío», la leyenda paternal de Don Santiago. Estas Copas de ahora vienen acompañadas de la caballerosidad singular de un deportista irrepetible.

Por Hughes
Fuente: ABC